Hijito querido, vencer el desánimo no significa nunca volver a caer, sino aprender a levantarse con paciencia y amor propio.
No te exijas sanar rápido; las almas nobles florecen despacio.
Cada mañana nueva es una oportunidad que Dios pone en tus manos para comenzar otra vez.
Y mientras sigas respirando, siempre habrá esperanza esperándote cerquita del corazón.